Esta semana leí en un twit que en un futuro iremos a clase por vivir una experiencia, no por recibir unos contenidos que ya son libres y públicos y podemos conseguir por nosotros mismos (economía de la abundancia). Es dedir, acudiremos a las aulas a por algo que no podamos sacar de Internet.

En las últimas semanas he asistido a los dos únicos cursos en los que he disfrutado en los últimos años, uno sobre negociación y otro sobre sushi. En ambos nos dieron al final una documentación con “las recetas” que incluye incluso vídeos. Se la he pasado a gente interesada en el tema, pero sabiendo que no obtendrán ni un 20% de lo que obtuvimos los que asistimos a los cursos. El estar allí, el participar, es lo que hizo “la experiencia” y es intransferible mediante unos apuntes.

En otro twit alguien se preguntaba si los que abogan por la gratuidad de los contenidos cobran por las ponencias en las que exponen sus teorías. La respuesta para mí está clara: el consumidor es amo soberano. El consumidor decide en que invierte en cada caso: discos y/o conciertos, charlas del TED y/o libros de los conferenciantes, libros de cocina y/o… En realidad creo que la libertad de consumir es de las pocas que podemos ejercer plenamente hoy en día.

Como profesora muchas veces me he planteado por qué cuento lo que puede ser leído. Así que, ¿cuál es el valor añadido que hará de esas horas de clase una experiencia que no pueda traspasarse mediante un pdf?

ACTUALIZACIÓN: he encontrado el twit:

@PilarJerico “los alumnos iran a clase no por los contenidos (pq estarán en Internet), sino por vivir 1 experiencia extraodinaria”

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