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¿Son necesarios los libros de texto?¿Son viables los libros digitales tal cual los presentan las editoriales?¿Son pedagógicamente adecuados?¿Quién debe pagarlos?¿Y escribirlos?

Yo tengo mi respuesta personal a todas estas preguntas (No. No.No. Quien quiera. Quien pueda). También se lo que opina la blogosfera educativa, muy activa en este tema, como es lógico ya que se está hablando de la herramienta de trabajo de los profesores, pero también de su libertad de cátedra y de como se gestiona el dinero público en “su empresa”. Así que es lícito opinar si las consejerías de educación deben destinar el dinero, escaso, a esto o aquello, siendo aquello por ejemplo, recortar en personal, sueldos y prestaciones a alumnos y docentes.

Pero… ¿el debate en la blogosfera refleja un debate en los claustros? No lo sé, pero creo que a una gran parte de los profesores les daría un sofoco si de repente les quitaran los libros de texto. Posiblemente se lanzaran a escribir pdfs por capítulos con sus apuntes para replicar el único método que han conocido. Acudirían a papá estado (léase al director del centro, a la consejería, algún despistado llamaría al ministerio…) a pedir, no, a exigir, el material para dar sus clases. Me pregunto si esta no es la verdadera cuestión detras de las prevendas a las editoriales. (Vale, soy ingenua)

Envalentonada en medio de la lectura de  Y Google, ¿cómo lo haría? me he puesto a pensar qué se les podría recomendar a las editoriales. No desde el púlpito si no desde el punto de vista económico. Las editoriales no tienen por que ser éticas son simplemente empresas que comercializan un producto.

Y esta es mi idea de educación-ficción para liberar al estado de las cadenas con las editoriales sin dejar abandonados a todos esos profesores dependientes de ese producto en decadencia denominado “libro de texto”:

– Cambiar el público objetivo: libros de texto para profesores y no para alumnos. Venderían muchos menos, claro, pero podrían hacerlos muchos más caros. Podrían invertir en calidad. Deberían ser comprados con dinero público, reutilizados de año en año hasta que sea necesaria una nueva versión. Y… no, no valdría cambiar el orden de alguna página para tratar de encasquetar un libro nuevo cada curso.

– Podrían editar “libros-fuente” para los alumnos de distintos niveles educativos en lugar de ofrecerles “libros de conocimiento regurcitado”. Lecturas sin interpretación que exciten su curiosidad, que les planteen preguntas pero no les quíen en actividades para tontos a las respuestas. Serían libros para ser trabajados, obligatoriamente, sin profesor. Sí, así de motivadores deberían ser.

– Con esto no obtendrían los mismos beneficios que con el modelo “un niño/7 libros por año”, pero el concepto “libro de texto” no da más de sí, que le vamos a hacer. Así que hay que ir a buscar el negocio a otro sitio. Ummm… ¡videojuegos! Eso sí que se vende bien y los padres no ponen pegas al desembolso. Videojuegos profesionales (por Dios, sin el tufillo “educativo”) con los que los alumnos desarrollen capacidades. Estarían avalados por la reputación conseguida mediante esos libros de texto de calidad para profesores y alumnos que no dan demasiada pasta pero que proporcionan a la editorial respeto y confianza.

Ya puestos podríamos hacer una doble titulación de esas tan pijas en las que estudiando el tiempo de una carrera te licencias en dos (nunca lo he entendido), un Máster en ciencias de la educación y Diseñador de videojuegos. ¿Os imagináis el perfil del estudiante de este máster y futuro profesor?

¿Y que pasa con los profesores que desarrollan material didáctico de calidad? Obvio, de profesores para profesores, no veo la relación con el mercado empresarial. Si un funcionario desarrolla una tarea excelente, más allá de lo solicitado en su puesto, debe ser premiado por la administración. Reconocimiento y retribución económica, sí, igual que se subvenciona el mercado editorial. Ese material, filtrado y valorado por expertos, podría ser puesto al alcance de toda la comunidad en un portal bien estructurado, de referencia y de fácil acceso para los profesores menos “aventajados”. Un Buenas prácticas 2.0 a lo grande.