La semana pasada murió Steve Jobs, el hombre que inyectó belleza a las máquinas. Su trabajo es el mejor ejemplo de diseño emocional. Creó tecnología al servicio de la belleza, porque entendió, sintió, que ese era el camino para conectar con lo más humano que hay en nosotros, para ir directo a la parte que rige el deseo. La belleza conmueve, no se percibe con la parte racional del cerebro, es filtrada y cazada directamente por su parte primaria, la que lidia con sentimientos, repugnancias, intuición y acción inmediata.

En esta charla de Richard Seymur se trata el tema. La belleza no se ve, se siente. Por eso es la vía más rápida de comunicación. Los diseñadores saben que en una fracción de segundo decidimos si algo colocado en un escaparte nos gusta o no. Luego racionalizamos y desde luego, el conocimiento acumulado en la vida pasa a formar parte también de ese filtro. Pero en esa fracción de segundo, a lo bello se le dice sí.

Tengo una amiga con la que hace años dedicaba un día a la semana a ver cosas bonitas. Vitra, Thai Gardens, escaparates en Serrano… Nos lo tomábamos como una cura necesaria para limpiarnos de los posos que lo cutre, lo malvado, lo feo que acecha, nos dejaba en el día a día. Hace falta belleza a nuestro alrededor, por eso amamos los iPhone y las páginas webs bien diseñadas. Por eso puntuamos ¿imperceptiblemente? más alto a los alumnos con mejor caligrafía o a los que nos muestran sus conocimientos de diseño o buen gusto al presentar cualquier trabajo.

Un teclado que reacciona a la presión justa es bello, una luz que se apaga gradualmente y no de golpe es bella, hasta el dichoso circuito tanque en el que se basan las antenas, es bello. Lo sentimos ¿o no?

Por mi experiencia hay gente inexplicablemente insensible a la belleza. Mi nueva teoría es que quien no ve la forma tampoco ve la función, es algún tipo de limitación. Como dice Seymour, Form doesn’t follow function. Form is function.

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