Me molesta mucho la impuntualidad. Me parece una falta de respeto; una persona que llega tarde está gritando que su tiempo vale mas que el mío. En el aula no me lo tomo como un ataque personal pero sí como una disrupción de las graves. Siempre utilizo los primeros minutos para organizar el trabajo del día. Cuando un alumno llega tarde, aparte de ese impagable saludo al respetable “Eh, ¿que tal el finde?¡Mirad que corte de pelo me he dado” (Solo falta un foco de luz que ilumine la actuación estelar), conlleva que tenga que repetirle lo que le acabo de contar a los demás. Y todo esto una y otra vez por cada alumno que va goteando los siguientes minutos.

 

Si no repito las explicaciones es peor todavía porque aunque la tarea está escrita en el aula virtual pasan de leerla (¿o será que leen pero no entienden?). En resumen, que los alumnos sean impuntuales me desorganiza la clase, así que lucho contra ello. Hace dos semanas estallé cual niña del exorcista en una bronca mítica que aún debe retumbar en los pasillos. La semana pasada, cumpliendo mis amenazas no dejé entrar a nadie después del timbre.

 

Ayer, clase a primera de la tarde: Número de asistentes, lamentable, y yo con una clase estupenda preparada, esperando. Una vez explicada a los presentes me siento, hago un par de respiraciones y mando un tuit a los alumnos que faltan. A los pocos minutos aparecen por la puerta, en grupo. “Estábamos fuera y como pensábamos que no nos ibas a dejar entrar, ni lo intentamos. Pero como nos acabas de pedir que entremos…”

 

¡Cómo los vampiros! ¡Déjame entrar! (qué peliculón, por cierto). Ahora resulta que solo cruzan el umbral cuando se les invita, por favor, apunten este nuevo uso didáctico de Twitter para sus compilaciones.

 

P.D.: Mientras se sentaban los hijos pródigos todavía tuve que oir “Profe, yo creí que no se podía tuitear desde clase.”  Un par de respiraciones más…

Hace un año más o menos hablaba de… Llevando el Informe Horizon 2011 al aula (II): Juegos