Este curso imparto el módulo Equipos de Imagen, en el que no soy una experta. Imposible serlo en este sistema de FP en el que cada año a muchos nos cambian de materia. Pero he tenido la suerte de impartir Imagen dos cursos consecutivos. El año pasado tuve que hacer un gran esfuerzo, estudiar mucho para darlo a un nivel digno. Este curso me podría haber relajado y repetir lo del pasado, con el material que preparé, pero… me ha tocado una clase de listillos🙂 Un grupo de grado medio en el que la mayoría de los alumnos son muy inteligentes e inquietos (una aberración estadística, la verdad).

El caso es que para que no se aburran les hago exámenes más difíciles que el curso pasado, de esos de antiguamente, “de pensar” y les propongo casos prácticos en el aula que son difíciles para mí misma. Sería más cómodo quedarme en la zona de confort, no arriesgarme a “no saberlo” pero… siento tendencia al abismo, qué le vamos a hacer.

Todos (yo incluida) estábamos hoy comiéndonos la cabeza con una tarea. Y en ese momento vi claramente que el no saber yo la solución, más que un pecado o una situación a evitar, era un plus para la clase: no podía ofrecerles atajos, no podía ahorrarles su esfuerzo personal ni imponerles mi idea o mi lógica. Entendieron que ni yo ni Google podríamos darles la solución instantánea así que han hecho lo que ha hecho el ser humano en su proceso de aprendizaje desde el principio de los tiempos: pensar, preguntarse unos a otros, discutir, probar ideas diferentes, frustrarse (salen a dar una vuelta, luego vuelven). 

Viendo a varios de ellos discutir fuerte y toquetear un esquema en la pantalla del ordenador con ceño fruncido y aspavientos les pregunté: “Decidme una cosa, ¿es esta la clase en la que más pensáis?” Contestaron simultáneamente y al instante: “Sí”

Momento estelar😀