Para mí es obvio el inmenso valor de las redes sociales (Twitter concretamente) como herramienta profesional: cada día me conecto un buen rato a esa fuente de ideas, recursos, conversaciones… (Es… lo que debería ser un claustro, con la ventaja de que aquí elijo a los participantes). Pero, ¿y en el aula, con los alumnos?

Siempre  les he ofrecido la posibilidad de contactar conmigo a través del email. Lo usan puntualmente para preguntar sobre la entrega de tareas o, en fechas muy cercanas al examen, para preguntar dudas de último momento. También les doy mi Twitter. Con alumnos adultos, el “forzar” que me sigan me parece un tanto inapropiado, así que lo dejo a su criterio. Algunos deciden no hacerlo para que no les siga yo a ellos. Lo comprendo, aunque me gustaría que se dejaran de bobadas, más que nada, porque si realmente quisiera seguirles, soy bastante competente en el arte de “localizar” información en la Red. Por otro lado, a los alumnos que sí me siguen y a los que yo sigo procuro tratarlos con mucho respeto: no comento mensajes que, dichos en el aula, si reprendería. Fomento lo positivo contestando mensajes en los que cuentan cosas chulas.

Su timeline me da una visión ampliada. En las últimas evaluaciones, se comentó la reciente bajada de rendimiento de uno de ellos. Yo comenté: “Es que sus padres se están divorciando” Y ante la mirada de sorpresa de mis compañeros (todos varones, por cierto, como la inmensa mayoría de mis alumnos, poco dados a las confidencias) añadí: “Lo he leído en su Twitter”. La mirada pasó al nivel de perplejidad. ¿Es útil saber esa información? Para mí sí, porque soy consciente de que mi materia prima son las personas.

Viéndoles en clase prácticamente a diario, no he sentido hasta ahora la necesidad de optimizar un canal de comunicación virtual más allá de lo que comento arriba: voluntario e informal. Sin embargo ahora me ha surgido un tema que me tiene “con el ansia viva”, que dirían los chanantes (o su mala copia, José Mota). He empezado un proyecto que me tiene enganchadísima con el grupo de 3º de la ESO. Solo tengo dos clases semanales de 50 minutos cada una; a veces se quedan en menos, dependiendo del tráfico de los pasillos. Acostumbrada a los bloques de dos o tres horas que disfrutamos en FP, no me dan de si, necesito que los alumnos hagan alguna cosilla en casa. Y sobre todo, necesito que arranquen con el proyecto de forma que, los que realmente estén motivados puedan avanzar a la velocidad que deseen en sus casas, dedicándoles el tiempo que quieran (creo que a esto le llaman adaptación curricular).

Pensando en todo esto he estado barajando distintas opciones de comunicación con ellos. Edmodo/RedAlumnos quedó descartado por su cara de asco cuando se lo planteé. El email es para ellos lo que para mi Agrega (no digo más). Twitter… uff… estos chaveles de la ESO no lo usan realmente.

Pensé que Tuenti sería perfecto. Lo llevan en el móvil y están siempre alerta a las notificaciones. Es curioso lo mucho que ha cambiado TODO en poco tiempo. Mis alumnos reconocen usar muy poco el ordenador. Muchos lo hacía básicamente para comunicarse con sus amigos (Tuenti) y eso se hace mucho mejor desde el móvil. Que listo Zaryn, el CEO de Tuenti, le da cien mil vueltas a Zuckerberg y su Facebook, orientando el negocio/la tecnología al móvil. Qué listo…

Discutiendo con los chavales sobre como conectarnos propuse Twitter, pero ellos querían Tuenti (claro). Tenía mi cuenta semiolvidada, no recordaba la contraseña. Cuando se lo dije una (la) alumna de la última fila saltó como un resorte de su sitio y rauda, se sentó a mi lado arrimando una banqueta. Con dulzura, me quitó el ratón de la mano mientras decía en ese tono de voz que emplearíamos profesores o padres en las mismas circustancias: “Yo te la reactivo, profe”.

Bien, en mi reencuentro con Tuenti vi que habían implementado grupos, lo cual parecía resolver exitosísimamente la situación: un método de comunicación que los alumnos leen sí o sí, y que yo podía usar de forma eficaz. Digo parecía porque… mi gozo en un pozo… los grupos de Tuenti no envían notificaciones al móvil.

Tras una nueva discusión con ellos insistieron en que no se conectan a Tuenti desde el ordenador, así que no ven mis mensajes.  “¿Y entonces?” Les pregunto desesperada (ya digo que estoy “con el ansia viva”). Respondieron como un coro de angelitos  puberosos, o sea, a voz en grito: “¡Whatsapppppppppp!”.

Tras darlo muchas vueltas he decidido que en el Whatsapp está la frontera, al menos por ahora. No me apetece darles mi número de teléfono a pesar de la relación de respeto bidireccional que mantenemos (de hecho, ante mi negativa, me preguntaron ofendidos: “¿Qué te crees, que lo vamos a usar para algo malo?”).

A estas alturas del post diréis, ¿y entonces cual es la solución? Pues no la tengo. De momento uso el grupo de Tuenti a la espera de que se acostumbren a ello, pero también les mando mensajes privados (privis les llaman, jajajaja) uno a uno. También le he mandado una petición a mi admiradísimo Zaryn vía Twitter (sin respuesta aún), para que las notificaciones de los grupos lleguen al móvil. Este proyecto va a salir, como dicen ellos, sí o sí.

ACTUALIZACIÓN:

Y al final nos hicimos un grupo en Line…

Qué utilizan para cosas como… felicitarme por mi cumpleaños (lo saben por Tuenti) preguntarme donde estoy cuando llego 1 minuto tarde (saben que la puntualidad es importantísima), y sobre todo, para consultar dudas que respondo gustosa en mis largos recorridos en transporte público. Das respeto y confianza y recibes lo mismo, comprobado.